3 nov. 2011

LEER LA CIUDAD. Urban Code

Urban Code: 100 Lessons for Understanding the City
Anne Mikoleit, Moritz Pürckhauer
GTA Verlag - MIT Press

Que la ciudad habla, es una realidad que a nadie debe sorprender. Nos hablan los comercios, las luces, los anuncios, los carteles, los semáforos o las señales de tráfico. Nos hablan las personas que la ocupan, aunque no lo hagan con palabras. Existen códigos urbanos, que habitualmente reconocemos, pero no siempre comprendemos. Este libro nos acerca a un entendimiento más cercano del lenguaje urbano.


Podemos considerar Urban Code como un pequeño –aunque útil– manual de urbanismo. Se trata de un conjunto de 100 observaciones breves de la vida social y urbana del barrio neoyorquino del SoHo, comentadas a modo de pequeñas lecciones que pueden deducirse de su actividad. De este análisis urbano, realizado desde una esfera puramente fenomenológica, se destacan aspectos que explican el uso del espacio público por parte de los ciudadanos, la ocupación del tejido urbano por los sectores económicos y comerciales o incluso cuestiones morfológicas que son determinadas por la propia vida urbana.

Las referencias bibliográficas de este pequeño texto son tan evidentes como reivindicadas por parte de sus autores, Anne Mikileit y Moritz Pürckhauer. El texto más aludido es el clásico de Jane Jacobs, The Death and Life of Great American Cities. Se rescata la visión vitalista de un barrio tradicional en contraste con la deshumanización del urbanismo de la modernidad: “The district must serve more than one primary function; preferably more than two”. Otra referencia claramente plasmada en Urban Code es A Pattern Language, de Christopher Alexander. De él se enfoca la puesta en valor de los patrones de las relaciones vecinales y la capacidad del ciudadano como sujeto activo en la creación de ciudad: “People are different, and the way in which they want to place their houses in a neighbourhood is one of the most basic kinds of difference”. Kevin Lynch (The Image of the City) o William H. Whyte (The Social Life of Small Urban Spaces) completan el acotado utillage que define el universo tratado.

Las lecciones de Urban Code son deliberadamente heterogéneas. Sentencias de gran profundidad se combinan con observaciones obvias cargadas de ironía, en un ejercicio didáctico muy acertado. Una muestra: mientras la lección 25 recuerda que “los edificios sobreviven a los usos”, o la lección 62 explica cómo “una ciudad está formada por fragmentos característicos” –nótese la trascendencia de ambas cuestiones–, la lección 74 manifiesta que “las personas temen a la oscuridad” o la lección 50 indica que “los bancos (para sentarse) se encuentran en plazas públicas”. No es broma: en palabras de William H. Whyte, “People tend to sit most where there are places to sit”. Tan importante es para la vida urbana la lectura de las grandes cuestiones morfológicas como la mirada sensible hacia los usos públicos de la cota cero.

El acercamiento a Urban Code tiene un efecto inmediato sobre el lector. Es una sensación parecida a la de revisar una película que ya hemos visto. Cuando se acerca una escena importante nos fijamos en todos los detalles que sabemos que serán determinantes para la acción que se tiene que producir. Lo mismo ocurre con Urban Code. Cuando lo hemos leído y salimos a la calle, no dejamos de fijarnos en algunos aspectos de la ciudad que, aunque puedan parecer elementales, relacionamos con alguna de las 100 lecciones aprehendidas. Ello nos permite transformar una mirada pasiva de la ciudad en una observación participante, en la que se hacen presentes el origen o el sentido de una situación urbana determinada. Como dice la primera frase del libro, “Cities are made of scenes”. Escenas donde la gente se mueve, se agrupa, se detiene  o adopta comportamientos o posiciones en relación con el medio ambiente urbano. Urban Code no pretende otra cosa que descifrar la sintaxis de esas escenas.

La estructura del libro lo hace tremendamente atractivo. Cada lección configura una pequeña ficha acompañada por un exiguo –pero divertido– croquis de poco más de 2cm2 que ilustra de una manera sorprendentemente aproximada la complejidad del concepto. El formato, y su cuidada edición, lo convierten en una pequeña joya que guarda en su interior lecturas muy aconsejables.

David Hernández Falagán