28 nov. 2014

Memoria cotidiana

Barcelona, ciutat de fàbriques. Gelats, joguines, perfums... els productes quotidians
Mercè Tatjer
Albertí Editor, 2014

En un momento en que Barcelona intenta redefinirse a través del discurso de las smart cities aparece un volumen como este para recordarnos que, no hace tantas décadas, la ciudad fue una potencia industrial, donde la tecnología fue un motor de trasnformación económico y social. ¿Podría esa experiencia servir a la ciudad en su momento actual? Barcelona, ciutat de fàbriques quiere recuperar la memoria fabril partiendo de los objetos cotidianos que en ella se fabricaban. | At the time that Barcelona tries to redefine itself through the discourse of smart cities, a volume like this appears to remind us that, not so many decades ago, the city was an industrial powerhouse, where technology was an engine of economic and social trasnformación. Could this experience be useful to the city at this time? Barcelona, ciutat de fàbriques wants to regain the manufacturing memory starting from everyday objects manufactured therein.





Mercè Tatjer, historiadora y geógrafa, sitúa la génesis del libro en los primeros movimientos que reivindicaron el patrimonio fabril ya en los años 70. La construcción de la Vila Olímpica para los Juegos de Barcelona 92 supuso arrasar el barrio del Poble Nou en su fachada marítima. Era un sector plagado de fábricas, entonces en decadencia por la deslocalización de la producción hacia otros municipios. En ese momento, la valoración y reconocimiento del patrimonio industrial no estaba tan extendidos y se entendió que conservar alguna chimenea solitaria ya valía para recordar el pasado fabril del lugar. Una década después, cuando el plan 22@ intentaba remozar otro sector del mismo barrio, se había despertado una conciencia que hizo saltar la alarma en arquitectos, historiadores y vecinos, y que llevó a luchas como la que consiguió salvar Can Ricart, ejemplo de estructura fabril del siglo XIX. Mercè Tatjer fue una de las impulsoras de este movimiento para salvaguardar el patrimonio industrial. Tras varias publicaciones sobre la industrialización en la ciudad, presenta Barcelona, ciutat de fàbriques,  álbum divulgativo de ese momento en que el cielo de la ciudad estaba surcado de chimeneas.

El volumen se enfoca desde una perspectiva cercana, partiendo de productos de gran consumo como los helados o los yogures, y propone un viaje por las huellas que 200 años de industrialización han dejado en la ciudad. Estas improntas van mucho más allá de las fábricas supervivientes: algunos industriales levantaron viviendas singulares en la ciudad, como es el caso de los chocolateros Amatller y su finca en el Passeig de Gràcia; algunos rótulos publicitarios subsisten y ya forman parte del paisaje urbano, como las dos ranas bajo un paraguas de la ya desaparecida marca Budesca en la calle Clot; en algunas fábricas de galletas se gestaron huelgas por la mejora de las condiciones laborales; los cromos que venían en las tabletas de chocolate son hoy objeto de coleccionistas, etc. Industriales, trabajadoras y publicistas son también protagonistas en este relato.

Barcelona, ciutat de fábriques conecta con los recuerdos y vivencias ciudadanas a través de imágenes -fotografías, publicidad antigua- más allá de las catalogaciones arquitectónicas o los relatos históricos. Las fábricas marcan la vida de la ciudad en muchos aspectos: la gente trabaja en ellas, padece su humo, consume sus productos y las chimeneas marcan el paisaje cotidiano. Al desparecer la producción e incluso las naves, el legado que permanece en el imaginario de la ciudadanía va diluyéndose con el tiempo. Barcelona, ciutat de fábriques recoge algunas de estas huellas para que los barceloneses no perdamos la memoria.

Ahora que las ciudades han dejado de ser centros de producción de bienes e intentan reinventarse a través de la economía del conocimiento o de ser smart a través de la tecnología, puede ser útil volver la vista atrás. El pasado industrial nos muestra que el interés por la tecnología no es nuevo, que la ciudad vive en transformación constante y que quizás siempre ha sido un ecosistema inteligente. 

Isabel Aparici