3 may. 2017

El urbanismo siempre es político

La pesadilla de la participación
Markus Miessen
dpr-barcelona, 2014

Este libro, discursivo y fragmentario, casi como un diálogo con la politóloga Chantal Mouffe, a base de capítulos, escenas y citas, le sirve a Markus Miessen, arquitecto y crítico, para afrontar las estrechas relaciones entre la política y el urbanismo entendido como gestión contemporánea de la ciudad. Obviamente, la premisa es que nunca el ejercicio de la arquitectura y el urbanismo es neutro, siempre es político. Afrontar la compleja cuestión de la participación le sirve para construir un relato problematizador. La participación es un slogan de la política actual, necesario e inevitable, pero, a la vez,  enormemente complejo y ambiguo.





De hecho, no es fácil de poner en práctica en cada caso de manera auténtica y completa, y aún más que participen todos los diversos sectores de un área urbana. La ciudadanía ha de poder opinar y decidir sobre los proyectos urbanos de su barrio. Sin embargo, la participación puede convertirse en la expresión de intereses excluyentes o Nimby (Not in my backyard), incluso puede acabar siendo herramienta para fomentar la xenofobia, como el caso que explica Miessen en el capítulo 2, titulado “Desmontando la inocencia de la participación”, de la consulta en Suiza sobre la construcción de minaretes, que llevó a la prohibición como resultado de la agresiva campaña del Partido del Pueblo Suizo.

En la línea de un pensamiento problematizador y crítico, siguiendo a Michael Hardt y Antonio Negri, Miessen insiste en que, por una parte la participación puede ser utilizada por las mismas empresas, manipulándola, o por otra parte puede plantearse por el poder como un mecanismo de apaciguamiento  y no de transformación. Para Miessen la participación siempre es conflictiva, hostil, antagónica e, incluso, irreconciliable. Pero, al mismo tiempo, es imprescindible. Ha de ser una participación que traspase el consenso interesado, en el contexto de unas ciudades que tienen siempre una multitud de voces distintas.

En una línea de un pensamiento negativo, Miessen demuestra como gran parte de los protagonistas de la revuelta del 1968 se han aburguesado, ataca conceptos pretendidamente salvadores y abarcantes, como sistema, diagrama o disciplina, y argumenta a favor de lo efímero, informal y contingente.

Y en la línea de un pensamiento positivo recurre a Antonio Gramsci y su confianza en poder establecer una hegemonía conceptual y en la capacidad de conquistar las instituciones a favor del pueblo. También recurre a la tradición holandesa de los “polders”, que se ha basado siempre en dejar de lado las diferencias para evitar inundaciones. Y argumenta que el futuro está en una visión holística, en el trabajo colaborativo y en la defensa de los derechos humanos; pasando de la lógica militar de las vanguardias a los mecanismos de la auténtica participación democrática.

Es en este marco de lo problemático y crítico, entendiendo su naturaleza siempre conflictiva, donde Miessen sitúa la participación y la política en el urbanismo.

Josep Maria Montaner